The west and the rest o el mito de la comunidad internacional, por Pierre Charasse

La intervención militar en Libia empezada hace más de un mes tiene como fundamento jurídico la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y como fundamento moral la responsabilidad de proteger a la población civil víctima de la represión del gobierno de Kadafi. Como en ocasiones anteriores, algunas grandes potencias del mundo –Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña– toman la resolución del Consejo de Seguridad que promovieron con el apoyo de países de la Liga Árabe, como la expresión de la voluntad de la comunidad internacional. La resolución fue adoptada gracias a la abstención de dos miembros permanentes con derecho de veto, Rusia y China. En la práctica actual de Naciones Unidas, el uso del veto es muy poco frecuente, los miembros permanentes (con excepción de Estados Unidos) prefieren ponerse de acuerdo en fórmulas ambiguas que se prestan a diversas interpretaciones y a ser acusados de paralizar el sistema multilateral con su veto.
Rusia y China no estaban de acuerdo con la intervención, y lo hicieron saber con toda claridad, pero por considerar que sus intereses vitales no estaban en juego, dejaron a los promotores del proyecto, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, lanzarse en esta aventura militar cuyo resultado es cada día mas imprevisible y suscita reticencias, reservas y oposiciones crecientes en todo el mundo. Los tres países, que encabezan lo que algunos llaman una nueva cruzada de Occidente contra el mundo árabe, se sienten plenamente en su derecho para ejercer en Libia su responsabilidad de proteger. Como la ONU no tiene capacidad militar propia y no se trata de una operación de mantenimiento de la paz en el marco de la Carta de las Naciones Unidas con el envío de cascos azules, la OTAN se propuso como brazo armado de la comunidad internacional para implementar la zona de exclusión aérea y la ayuda humanitaria.
Vale la pena reflexionar sobre este concepto de comunidad internacional. La noción de comunidad expresa la idea de unidad, de intereses compartidos, de proyectos en común. Viendo la fragmentación del mundo contemporáneo debajo del barniz muy superficial de la globalización, ¿se puede realmente afirmar que los 192 países del planeta representan una comunidad? Desde el fin del mundo bipolar (1989) y los atentados de Nueva York (2001) los países occidentales, principalmente Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea e Israel, lograron imponer su agenda al mundo entero (poniendo en primer lugar la lucha contra el terrorismo y la proliferación nuclear en lugar del Programa del milenio de lucha contra la pobreza), con el consentimiento (quien calla otorga) de sus ex rivales, Rusia, China, y de los grandes países emergentes, como Brasil, África del Sur, India, etcétera. Mediante los mecanismos formales de Naciones Unidas u otros como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la OCDE, o informales como el G7/8, G20 y tantos otros grupos fácticos ad hoc, el grupo occidental decide las prioridades del momento, buscando siempre conservar la iniciativa, aun cuando está dividido, para evitar la competencia de centros alternativos de poder. Los occidentales hacen caso omiso de las resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas, expresión de la voluntad de la mayoría de los países con igualdad de derechos. Tan es así que es muy común en los pasillos de las conferencias internacionales escuchar a los delegados de numerosos países explicar (en inglés, lingua franca internacional) que no existe una international community, porque el mundo está dividido en dos, The West and the rest, o sea, los países industrializados en su mayoría cristianos y blancos, contra el resto del mundo, una mezcla de razas, religiones, civilizaciones, que representan las tres cuartas partes de la humanidad. The West and the rest, fórmula inventada por el diplomático singapuriano Kishore Mahbunani es la clave que permite entender que, a pesar de todos los cambios que el mundo conoció en las ultimas décadas, estamos todavía muy lejos del mundo multipolar que muchos esperaban después del fin de la guerra fría.
Claro está que el bloque occidental tiene que hacer concesiones tácticas a los centros de poder emergentes para conservar el monopolio de las reglas del juego internacional. Por esto el G7 creó y legitimó el G20. Mientras países como Rusia, China, India, Brasil buscan sacar ventajas de la globalización, evitando confrontaciones violentas con los más poderosos, los países occidentales defienden sus intereses con todos los medios, y cada vez que es posible con la legitimación de la comunidad internacional. En una corrupción del lenguaje, este concepto utópico se confunde con occidente, como demuestra la crisis libia.
Haciendo una interpretación muy selectiva de la responsabilidad de proteger que le permite intervenir o no según sus intereses, el bloque occidental trata de retomar el control de la situación en los países de África del Norte y Medio Oriente inmersos en crisis sociales y económicas profundas, privilegiando según las circunstancias el statu quo (Arabia Saudita, Maruecos), cambios limitados o cosméticos (Egipto, Túnez) o rebeliones a control remoto (Libia). Pero detrás de las motivaciones humanitarias que todos compartimos, prevalecen los intereses geopolíticos y estratégicos de las grandes potencias sobre las aspiraciones de cambio político, económico y social de millones de personas que pretenden, con toda legitimidad, alcanzar los mismos niveles de bienestar que los países más desarrollados del mundo. Es obvio que actuar en nombre de una comunidad internacional inexistente permite a los países occidentales mantener una posición dominante conforme a sus intereses.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/07/26/opinion/022a1pol

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