Islandia, el deshielo del iceberg financiero

Islandia se ha convertido en uno de los países fetiche cuando hablamos de la crisis. Su inesperada vinculación con el capitalismo financiero global, y su doble negativa por parte de la población a los acuerdos para la devolución de la deuda, la han colocado en el mapa como uno de los principales ejemplos del funcionamiento del capitalismo de burbuja.
Un año antes de que la crisis viera la luz, los islandeses poseían la quinta renta más alta del mundo, que suponía un 160% la de Estados Unidos. Representaban entonces un modelo de crecimiento económico, de estabilidad y prosperidad a nivel mundial. Tres grandes bancos (Landsbanki, Kaupthing y Glitnir) sostenían la estrategia central de políticos, empresarios y banqueros de convertir al país en un centro financiero internacional emergente de baja presión fiscal. Para lograrlo se produjeron toda una serie de modificaciones legislativas y fiscales –tanto en la regulación de hipotecas como en los impuestos sobre las persona físicas y el IVA-, así como grandes inversiones en infraestructuras que generaran grandes flujos de capital.
La capacidad de atracción de capitales había mostrado algunos signos de debilidad ya a principios del año 2006, tanto por el volumen de deuda contraído, que superaba lo que el Banco Central de Islandia podía soportar como prestamista en última instancia; como por la falsedad de una gran parte de capitales, que respondían a un entramado de compañías coposeidas entre los diferentes bancos con sedes en distintos paraísos fiscales, y que se dedicaban a comprar recíprocamente sus acciones. Para resolver el problema de falta de liquidez y visto que todo era posible, los bancos, recurrieron a dos métodos que rozan lo rocambolesco. Por un lado, exploraron la atracción de capitales a través de la gestión de servicios bancarios en Internet a nivel internacional, ofreciendo tipos de interés más altos que los bancos convencionales. Por otro lado pusieron en marcha lo que se conoció como el envío de “cartas de amor”, y que consistía básicamente en que los tres grandes bancos, una vez agotada su capacidad de endeudamiento con el Banco Central de Islandia, vendían títulos de deuda a los pequeños bancos regionales, y estos a su vez, colocaban estos bonos en diferentes bancos centrales europeos.
Todas estas innovaciones financieras fueron posibles gracias a la “solidez” de los bancos islandeses y sus altas calificaciones. De esta manera se logró que en 2007 los “activos” conjuntos de estos tres bancos crecieran hasta representar el 800% del PIB del país. A pesar de ciertas interferencias y alguna advertencia del FMI, la credibilidad del sistema seguía en pie a lo largo de 2008. Sin embargo, dos semanas después de la caída en septiembre de Lehman Brothers, la calificación del país se hundió y se retiraron todas las líneas de crédito, se hundieron los bancos islandeses y el pánico cundió entre los principales depositarios, entre ellos Inglaterra.
Desde entonces el FMI preparó su programa de gestión de la crisis, que consistía básicamente en detener la huida de capital –a través de estrictos controles de tipo de cambio- y en políticas de ajuste presupuestario, que afectaban a recortes en el gasto público en materia de sanidad, educación e infraestructuras. Ante esta situación, la plácida y complaciente población islandesa enfureció, y miles de personas comenzaron a reunirse en la plaza de Reikiavik durante las tardes de los sábados para golpear cacerolas, gritar y cantar para mostrar su descontento con la clase política y la situación que estaba viviendo el país exigiendo la dimisión del gobierno.
En enero de 2009 se forma un nuevo gobierno de coalición entre la parte menos afectada por el descrédito de la Alianza Socialdemócrata y el Movimiento Verde de Izquierda. Los enormes costes que suponía para la economía islandesa el asumir los pagos de la recapitalización de los bancos a raíz del rescate –en torno a más del 300% del PIB-, llevó al gobierno a plantear un referéndum sobre las condiciones de devolución de la deuda que ofrecía el FMI. El referéndum fue negativo en un 97% de los votos y supuso un primer aplazamiento en el pago de la deuda. Esta situación demostraba que el descrédito de la clase política era generalizado, y la subida al poder en Reikiavik del “True Party”, de la mano del cómico Jon Gnarr, son una muestra más de la ausencia de confianza en los órganos de gobierno.
Pero hasta ahora la negativa al pago de la deuda no ha tenido eco, ni mediáticamente, ni parece que económicamente. Así el desarrollo y consecuencias de la crisis han sido similares a las de otros países, como Irlanda. El gobierno, rápidamente, anunció recortes drásticos en el gasto público y la subida de impuestos. La corona islandesa ha llegado a devaluarse hasta en un 80% de su valor de antes de la crisis y se ha producido una caída del PIB del 15%. Las administraciones locales han empezado a resentirse por la falta de recursos y han comenzado los despidos y las ejecuciones hipotecarias mientras el paro ha pasado del 1% al 8%.
La clase política se encuentra mucho más dispuesta a mirar hacia delante, que a intentar afrontar con cierta honestidad lo ocurrido en este último ciclo. Sin embargo, debido a las fuertes demandas de la población, se han desarrollado otra serie de medidas para intentar sanear el sistema democrático de Islandia, tanto la consulta popular para la redacción de una nueva constitución, como los intentos por parte de la justicia de sentar en el banquillo a alguno de los responsables de la crisis. El éxito ha sido escaso. El enorme vacío y los grandes agujeros legislativos en torno a los cambios flotantes y al movimiento de capitales, hacen que las leyes funcionen de parte de los responsables de la crisis, pues no en vano ellos las gestaron.
Una vez más, de la capacidad y la inductivilidad de la población islandesa depende el digno final de este proceso. De su fortaleza e inteligencia para evitar que los grandes acreedores no sean exonerados de las disciplinas del mercado, y las consecuencias negativas de su expolio y su riqueza sean asumidas redistributivamente por la población, mientras que los beneficios fueron extremadamente polares. Una fuerte desconfianza en las instituciones esenciales del capitalismo no es suficiente, tiene que haber hechos y consecuencias para que esta historia no siga siendo la misma historia de siempre.

Fuente: http://madrilonia.org/?p=4651

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