Obama no espanta a Assad; los dólares sí, por Robert Fisk

[Traducción: Jorge Anaya]

Obama ruge. El mundo se estremece. Sí, cómo no. ¿De veras creen que Damasco tiembla? ¿O que llegue a hacerlo? De hecho, el titán de la Casa Blanca solamente se atrevió a dar este paso después de que Arabia Saudita, Qatar, Turquía, Jordania, la Autoridad Palestina, la Unión Europea y el Tío Tom Cobley condenaron a Assad (todos menos Israel, claro, pero ésa es otra historia). Los trillizos terribles –Cameron, Sarkozy y Merkel– hicieron su acto de imitación unos minutos después.

Pero, ¿en verdad las nuevas sanciones contra Bashar Assad y sus “compinches” –me encantó la palabra, con la que madame Clinton se refería sobre todo a Rami Majlouf, el empresario primo de Assad– serán algo más que las acostumbradas peroratas de Obama? Si “fuertes sanciones domésticas” significa una mera congelación de los productos petroleros de origen sirio, el hecho es que Siria apenas puede producir petroleo suficiente para sí misma, ni hablar de exportación. Una dependencia del gobierno sueco concluyó en fecha reciente que Siria casi no se ve afectada por la crisis mundial… porque en realidad no tiene economía.

Por supuesto, en la fantasía de Damasco –donde Bashar parece vivir en ese “mar de tranquilidad” en el que el escritor egipcio Mohamed Heikel cree que respiran todos los dictadores–, el mundo gira como siempre. No bien el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon –otro que hace temblar la Tierra, si los hay–, demanda poner fin “inmediato” a “todas las operaciones militares y arrestos en masa”, el buen Bashar le dice que se ha suspendido “la acción militar y policiaca”.

Bueno, no lo creo, y eso mismo debe de decir el pueblo sirio. Entonces, ¿qué son todas esas noticias procedentes de Siria este jueves, sobre balaceras y soldados que saquean propiedades en Latakia, de un hombre arrestado en una cama de hospital en Zabadani y francotiradores todavía en las azoteas de edificios del gobierno en Deir Ezzor? ¿Crímenes de lesa humanidad? Inútil es decir que el gobierno sirio no sabe nada de ello.

Además, ¿no se ha acusado al libio Muammar Kadafi de “crímenes de lesa humanidad”? ¿No se suponía que debía haberse “hecho a un lado” hace seis meses? ¿Y acaso no sigue Gadafi en Trípoli, aunque un poco más frágil? Y todo esto tras varios meses de bombardeos de la Oganización del Tratado del Atlántico Norte, algo de lo que Bashar no tiene que preocuparse. Bueno, bueno…

Bashar también habrá notado un extraño mantra adoptado por el Gran Rugidor de Washington. Repetidas veces Barack Obama lo instó a “hacerse a un lado” –nunca a “dejar el poder”– y a “salir del paso”; a saber qué quiso decir. Resulta interesante que madame Clinton utilizara la tarde de este jueves la frase “dejar el poder”, pero de inmediato se corrigió y dijo “hacerse a un lado”.

Los Grandes y los Buenos no dicen frases al azar. La implicación sigue siendo que “hacerse a un lado” permitiría a Bashar permanecer en Siria, pero dejando que otros asuman el poder, en vez de andar a salto de mata con un juicio por crímenes de guerra pendiendo sobre su cabeza. Que es lo que, sospecho, significaron todos los rugidos de este jueves.

El verdadero temor de Bashar no es el petróleo, sino los bancos, en especial los 20.000 millones de dólares en reservas extranjeras que existían en el banco central sirio en febrero, suma que ahora se ve reducida en 80 millones por semana. En mayo, el ministro sirio del Exterior –el poderoso (físicamente) Walid Moallem– solicitó a Bagdad petróleo barato iraquí. Casi el 10 por ciento de los depósitos bancarios de Siria desaparecieron en los primeros cuatro meses de 2011; se retiraron 3.000 millones de dólares, parte de los cuales acabaron en bancos libaneses.

En suma, es un mal clima económico en el cual seguir aporreando a su pueblo. Así pues, ¿a quién le importa lo que diga el presidente Obama? Sin duda, no a los sirios, que por eso tratan ahora de formar una “alta comisión directora de la revolución” que coordine a los manifestantes en las provincias del país.

Sin duda eso preocupará a Assad, quien tendrá que enviar a sus esbirros a identificar a los miembros de esa “alta comisión” (nombre que por desgracia tiene reminiscencias coloniales), para que pasen unos días de descanso y recreo en el estadio deportivo de Latakia bajo el gentil interrogatorio de la policía de seguridad del Estado.

© The Independent

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/08/19/opinion/030a1mun

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