Jornadas de París, por Héctor Huerga [parte 1 de 3]

Las marchas indignadas a Bruselas procedentes de Toulouse, Madrid y Barcelona iniciaron su camino a finales de julio. En aquel entonces un grupo de cuarenta soñadores habían partido de Madrid aprovechando el subidón que representó la llegada de las marchas a la capital española. Sin embargo, casi a tientas y con un pequeño gato de apenas días de vida, un grupo de siete tulusianos ya había comenzado la marcha unos días antes. La marcha que partió de Barcelona el 8 de agosto decidió denominarse mediterránea, en parte, porque la mayor parte de sus integrantes procedían del litoral que abarca varias provincias españolas.

A la idea de llegar a la capital europea se han unido similares iniciativas desde Holanda, Alemania e Inglaterra, entre estas últimas cabe destacar que la única que secunda el recorrido a pie es la marcha alemana, la holandesa lo hará en bicicleta mientras la inglesa llegará en tren y autobús. Delegaciones de otros paises ya han confirmado su presencia, entre ellas estarán griegos, portugueses, italianos, islandeses, americanos tanto del norte como del centro y sur, egipcios, tunecinos e incluso una significativa delegación israelo-palestina.

El tirón de las marchas ha sido tal que desde varias ciudades españolas y francesas se organizan viajes compartidos en coche, tren e incluso se intercambian números de vuelos por internet para coincidir con la llegada de las marchas. En el horizonte está Bruselas, en sus manos la idea de organizar un Ágora en la capital belga del 8 al 14 de octubre. Un proyecto atractivo donde se mezclan en un mismo calendario plazas, caminantes, asambleas, temáticas, visitantes internacionales y una abierta participación a nivel local y global. Se espera algo más de mil acampados en el parque Elisabeth de la capital belga.

Tras casi dos mil kilómetros de caminata se podría destacar el rigor y la fuerza que los caminantes han impregnado a lo que ya es considerado un brazo significativo del movimiento 15M, mejor conocido en los paises francófonos como «les indignés». En dos meses de caminata han ido recogiendo adeptos a su paso lo que las ha convertido en las Marchas Internacionales a Bruselas. En todo este tiempo lxs caminantes han sabido mantener sus cabezas fuera del agua, diversas situaciones de riesgo se han vivido en ciudades más que en pueblos, pero lejos de minar su espíritu, han comprendido que los acontecimientos decisivos de la marcha, asi como de la vida, maduran con el tiempo, en este sentido podría asegurarse que la ruta no ha tenido una trama fija, fruto de la espontaneidad han llegado diversas adhesiones de localidades francesas como St Etienne, Baiona, Burdeos o Nimes.

Aunque lo reconocen tímidamente, la llegada a Bruselas está cerca, y después de casi tres meses de camino la nostalgia de lo vivido se mezcla en grandes dosis con la agridulce constatación del final del camino. Tal vez sea la hora de entender que con el paso de los kilómetros los deseos no mueren, pero bien que disipan las angustias. Algunxs insisten en que el final de la ruta no tiene que significar un punto y aparte sino un punto y seguido y es que noventa días da para comprender que todo ocurriría como se había intuido: primero vendría la curiosidad, después el deseo, más tarde el trabajo y por último, al finalizar el recorrido, la soledad. Fruto del imaginario comun de los que caminan han surgido otras rutas: la marcha a Londres, la marcha a Alemania del Este, la marcha a Grecia o incluso una más mitológica, la marcha a Itaca.

Las diferentes variantes humanas que han ido compartiendo la ruta también han participado de la asamblea diaria que entre muchas otras cosas sirve para continuar la redacción de lo que han denominado como Libro de los pueblos, un cuaderno de revindicaciones locales cuyo objetivo es ser amplificado a la llegada a Bruselas, otrxs han encontrado un hueco al interior de los grupos de trabajo que conforman la organización de los que marchan, y en estos últimos días, todos han participado de una u otra manera en los que he venido a llamar las Jornadas de Paris, o lo que es lo mismo, un pequeño repaso al histórico paso de las marchas internacionales por lo que otrora fuera la capital de la libertad, igualdad y fraternidad.

Sábado [17/09]
9:30 am
El primer encuentro entre las tres marchas se produjo al sur de Paris. Hay una foto que circula por las redes sociales donde se aprecia una diminuta señal donde se leía Paris, indicando claramente que se entraba a una zona del planeta videovigilada, aun así, los caminantes a lo suyo, fundidos en una mezcla de abrazos y lágrimas, cargados de pancartas legendarias y desnudas sus encias mientras mostraban abiertamente la alegría del momento.
Caminaron juntos en lo que probablemente haya sido la distancia más significativa de la ruta. Lo hicieron desde el punto de encuentro hasta las puertas de la Cité Universitaire. Después se dirigieron a los jardines de la ciudad universitaria para preparar lo que se esperaba que fuera una jornada festiva: La manifestación mundial del 17s o mejor conocido en las redes sociales como el Antibanksters day.
Se dividieron en grupos de trabajo, unos de memoria, otros de acción. Mientras tanto la comisión cocina no descansaba, esta vez sin el acostumbrado aroma a droguería de pueblo. Primero ofrecieron un aperitivo sabedores de que pensar siempre da ganas de comer, y más tarde volvieron a ofrecer comida elaborada conocedores que el artesano no solo se nutre de su ingenio, también del colectivo.
A medida que avanzaba la mañana fueron llegando simpatizantes parisinos. Se unieron a los grupos de trabajo con el desparpajo que ofrece la historia de una ciudad como aquella, rica en tradición asamblearia, grupos de trabajo colectivos y revoluciones en otro tiempo triunfantes. Pero la Historia no ofrece soluciones prácticas, sino puntos de vista, y así fue como entre los nuevos candidatos a escribir una nueva página del presente se entendió necesario la llegada de las marchas a la place de la Bastille, una mezcla entre lo que fuimos y lo que queremos ser.
Si por mi fuera la ruta por Paris se hubiera denominado «Bienvenido mister Marchas» , un poco recordando el clásico de Berlanga de los cincuenta, y sobre todo por enviar fuera del centro de Paris el mensaje de las marchas. Aunque entiendo el misterio que siempre ofrece una ciudad como Paris, tal vez tras el paso por la urbe se vea más claro que en todo aquello que parece misterioso, ya sean lugares o personas, sólo unos pocos esconden algo de verdad.
Pero como no era el caso cabe comentar que en la ruta del 17s figuraba el paso por el Banque National, un suculento atractivo que prometía saciar el ansia de los caminantes por constatar su adhesion a la jornada antibancos. Los grupos de acción se habían coordinado previamente, sólo quedaba callar con coherencia, esperar a ver qué sucedería, de esta manera se podría mostrar que realmente estaban convencido de algo.

3:30 pm
A esta hora se daba inicio a la manifestación autorizada por la Préfécture de Police de Paris que comprendía de un permiso para circular por el siguiente recorrido, tome nota: Cité Universitaire, Rue Gazan, Avenue Reille, Avenue René Coty, Place Denfert Rochereau, Avenue Denfert Rochereau, Boulevard St Michel, Place St Michel, Pont St Michel, Quai du marché Neuf, Rue du Cloître Notre Dame, Rue D’arcole, Place de l’Hôtel de Ville, Rue Rivoli, Rue Marengo, Rue Croix des petits Champs (Banque de France), Place des victoires, Rue Étienne Marcel, Rue St Denis, Rue Rambuteau, Rue des Francs Bourgeois, Rue du pas de la Mule, Boulevard Beaumarchais y place de la Bastille.

Los primeros callejeos de la manifestación tuvieron un carácter alegre, colorido, hasta cierto punto ordenado. El trabajo previo comenzó a dar sus frutos: a ambos lados de la calle se podía ver a actores policías ridiculizados por el tamaño de sus bigotes. A veces corrían delante de supuestxs indignadxs y otras veces detrás. La coreografías eran un tanto más espontáneas, conformadas por pequeños grupos afines a anteriores movilizaciones, así todo, era frecuente ver a españolxs dando «un pasito pa lante y otro pasito pa trás» como a franceses cantando el «Hissez haut».

Por otro lado siempre hubo bailes alrededor de instrumentos improvisados. Tambores que otrora transportaran alimentos, maracas de recuperación… todo valía para ayudar a mover las caderas. Sucedió que en algunos cruceros, mientras se esperaba la orden de los motorizados para continuar la manif, se improvisaron algunas coreografías menos estudiadas, fruto de la espontaneidad y sobre todo de que los franceses empezaban a entender que aquella manifestación no iba a terminar como las que estaban acostumbrados a participar, por lo común, con cientos de banderolas aburridas y repetitivas amenizadas por un raquítico equipo de sonido que a medida que avanzaba la marcha iba contrayendo la gripe. No, esta manif era diferente.

Sin embargo, un operativo policial antidisturbios de la CRS (Corps Républicain de Sécurité) fue acompañando a la manifestación con un primer propósito claro: proteger a los bancos y a las iglesias por donde pasaran. El operativo se mantuvo firme hasta que los manifestantes les ganaron por velocidad varias oficinas, llegaron antes y decoraron con pequeños carteles de protesta los cajeros que fueron encontrando en el camino. Algunas de estas instalaciones reivindicativas podrían competir en galerías vecinas como propuestas de instalaciones de arte contemporáneo, tal vez algún curador parisino, siendo sábado hay que reconocer sería muy dificil, pasase en aquel momento y tomara nota de la técnica del estirado del celo, la tipografía catastrofista e incluso el reciclaje de nuevos materiales al servicio del arte-protesta. Todos los materiales utilizados eran deleznables, algunos de ellos, como la tiza empleada en el asfalto, quedaría como un recuerdo efímero si lloviera. El operativo de la CRS se concentró en bloquear la entrada al Banco Nacional. De ninguna manera podían ser ágiles con todo el disfraz de poliuretano que llevaban encima y llegaron a esa conclusión tras perder las carreritas con lxs indignadxs.

5:45 pm
En el momento de alcanzar el Banco Nacional se podía estimar en unas 2000 personas las que seguían pacífica y festivamente la manifestación. Continuaban los clowns subiendo a las farolas para hacerse notar con alegría, otrxs llenaban de consignas el asfalto, otrxs bailaban la percusión improvisada, otrxs saltaban al grito de abrazo colectivo. Un ambiente de celebración después de los más de mil quinientos kilómetros recorridos por los caminantes.

A la altura del Banco Nacional se produjo una detención. Un joven caminante fue empujado hacia los furgones de la policía por varios antidisturbios al encontrarse pintando letras en un muro. De inmediato, el resto de la manifestación se congregó a la altura de los hechos y con las manos en alto comenzaron a gritar una y otra vez « Liberé notre camarade ». Pasados unos diez minutos el camarada fue liberado y la manifestación pacífica recuperó su carácter festivo.

Cuando la manifestación cruzó el Sena se encontró con la fachada de la iglesia de Notre Damme, los participantes se sentaron frente a uno de los símbolos históricos de Paris mientras los antidisturbios dibujaron una línea protectora caótica que no permitía la entrada o salida de los turistas al recinto religioso. Los dos bloques se observaban como la fiera y el domador. La música, el baile y las consignas rebotaban en forma de eco mientras los turistas, atónitos, no se explicaban qué peligro podía acarrear unos cientos de manifestantes pacíficos, sentados y con la sonrisa cincelada en sus rostros.

Tras reanudarse la marcha comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, un hecho que minó de alguna manera la afluencia de familias que hasta aquel entonces caminaban solidarias con las reivindicaciones de los manifestantes. A pesar de la intensidad de la lluvia la marcha siguió su camino hasta que fue detenida por los antidisturbios a la altura de la rue pas de la Mule, una calle antes de llegar al boulevard Beaumarchais. Bajo la lluvia incesante se hacía incomprensible aquella retención de la manifestación. Algunxs ya se lamentaban de la lluvia, no tanto por lo que mojaba sino por los mensajes que iba borrando. La marcha en ningún momento alteró el buen ambiente y esperó bajo la lluvia sin mayor resistencia, se adivinaba en el colectivo la madurez de quien ya había vivido aquel escenario, en otras palabras, la tranquilidad del que retiene en sus manos, largo rato, los trozos de una cerámica rota. El tiempo les dio la razón, unos diez minutos después los antidisturbios decidieron abrir nuevamente el paso.

8:00 pm
Con la place de la Bastille en el horizonte se adivinaba un mar de destellos luminosos procedentes de decenas de furgones policiales. Una vez que la marcha llegó a Bastille se multiplicaron los abrazos colectivos, las coreografías ensayadas y esta vez no se produjeron pintadas con tiza por la cantidad de agua que había caído sobre el asfalto.

Por contra, el dispositivo policial era impresionante. Todo el diámetro de la place de la Bastille estaba bloqueado por furgones de antidisturbios y frente a los furgones cientos de policias protegidos hasta los dientes. Tan pronto como dejaron que los manifestantes llegaran a la altura de la explanada de la Ópera fueron cerrando el campo de acción. Coordinados codo con codo, los disfrazados de poliutireno rodearon al disperso grupo de manifestantes que entre la lluvia, el cansancio de un recorrido largo y la incertidumbre del qué viene ahora, fueron deshaciéndose como azucarillos en el mar.

A dos metros de la acera los manifestantes decidieron sentarse para resistir el embestido de los escudos de la policía. Fluía acelerada la sangre. Los antidisturbios decidieron sacar por la fuerza a los primeros sentados, tiraban de sus extremidades hasta que los despegaban del resto, los arrastraron unos veinte metros sobre el húmedo empedrado de la Bastille hasta arrojarlos al interior del cerco que ellos mismos habían montado, como si aquellas personas que habían recorrido festivamente las calles de Paris fueran en ese momento sacos de trigo. Algunos de los arrastrados sufrieron heridas, contusiones y puñetazos. En una ocasión, dos antidisturbios no pudieron levantar lo suficiente a un hombre de unos 60 años y lo dejaron boca abajo sobre el canal de agua que fluía en la cuneta. Algunos participantes de la manifestación socorrieron al anciano entre gritos de desconsideración hacia los policias.
Se llegó al pico del enfrentamiento cuando uno de los policías intentó arrastrar por el cuello a uno de los indignados, en ese momento se pudo ver claramente como uno de las mandíbulas de los uniformados alzó la mano para señalar: así no. Y el resto dio un paso atrás, cerrando el acceso con los escudos como las puertas del mismísimo metro. Más que a los manifestantes, les tenían miedo a las cámaras.

00:30 am
El cuerpo de seguridad pública CRS se cerró herméticamente alrededor de los manifestantes e impidieron toda entrada, permitieron únicamente salir de él sin poder volver a entrar.

2:30 am
La policía comenzó a dispersarse y los participantes de la manifestación iniciaron la libre circulación por el lugar.

Durante las 6 horas que fueron rodeados los manifestantes en la explanada de la Ópera de la Bastille no se efectuó ningún anuncio por parte de la policía del motivo de tal encierro. En las horas que mantuvieron encerrada a la manifestación que había partido y transcurrido de forma pacífica, alegre y colorida solo apareció un negociador de la policia que invitó a un portavoz de los manifestantes a disolverse y abandonar la plaza sin mayor justificación.

Por desgracia, el recibimiento final de la policia provocó la dispersión del grupo, no hubo Ágora, tampoco asamblea y sí los primeros indicios de una gripe incipiente, macerada con golpes y rasguños, detalles insuficientes a mi modo de ver para ocultar lo que había trascendido aquel 17s. El despertar de una conciencia reprimida, la parisina, y no un despertar por enfrentarse a la CRS, como viene siendo la costumbre, sino por participar de una manera creativa con las marchas provenientes del Sur.
Se habían presentado en la manif como les indignés pero se fueron de la misma con la certeza de que la vida se va secando si no se riega de tareas peligrosas y emocionantes.

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