Jornadas de París, por Héctor Huerga [parte 2 de 3]

Lunes [19/09]
20:30 hrs

Tres días después de que hubieran llegado las marchas a París empezaba a preguntarme qué día tenían pensado irse. No conocía la ruta exacta ni los planes de lxs compañerxs que se encargan de proponer los trazados, según la lógica, cada día que no se andase representaban unos kilómetros de más que se sumaban a la media diaria. Y yo, sin la más mínima idea de cuantos se habían acumulado, comencé a pensar en la posibilidad de construir varios globos. Al menos, ningún artificio mecánico impulsaría el deseo de llegar a tiempo a Bruselas. Solo viento, lo imprescindible, y paciencia. Como la mayor parte de las ideas irrealizables, esta propuesta de globos ni tan siquiera salió del patio de la imaginación, y ya eran casi las nueve de la noche, es decir, que las marchas tampoco saldrían a caminar ese día.

Lunes por la noche y en el Media Center de Paris, dicho sea de paso, el único espacio común habilitado para trabajar sobre la llegada de las marchas. ¿A quién demonios se le habrá ocurrido llamar a un lugar así? Era lo que se preguntaban todxs los que iban a conocer ese lugar. ¿Anda y esto? Se respondían una vez introducían el 2674 y se adentraban en lo que era el patio del Media Center.

No era para menos, había que alzar la vista hasta el cielo para ver el final de unas oficinas okupadas. Allí estaba Le Loop, un colectivo de hackers que ya habían compartido el espacio con bcn internacional a finales de julio, justo al paso de la sub comisión on the road. Los hacktivistas mismos habían dado el visto bueno para que todo lo que concerniera a la comunicación de las marchas se trabajara desde aquellas instalaciones. Sin mayor detalle se podría resumir aquel edificio como una cabeza digital vista desde el cerebelo. Tanto cable no podía llevarme a definirlo de otra manera. Arriba, en una esquina, contrastando con la pulcritud generalizada se adivinaba una pequeña reproducción de la plaza tomada: seis mesas modernas pegadas frente a frente con decenas de manos empujando sus teclados. Fácilmente uno podía esconderse entre los ordenadores y sin levantar la cabeza volver a sentir el olor a fusible viejo de las acampadas, todo era made in square, incluso la incertidumbre de saber si nos quedábamos o nos venían a desalojar, esto último, un poco, a título personal de cada quien.

En medio de este amasijo de vasos sin fregar, ordenadores rebufando de calor y filtros de tabaco era donde se iban procesando las noticias. De ahí la incertidumbre inicial de saber cuándo se irían las marchas. Porque habría que ser claros y añadir que el Media Center tenía una especie de oído tísico, bastaba con un ligero movimiento de las marchas para que activara el cuaderno de incidencias. Nada complejo. Un simple papel rellenado por un escribano voluntario a medida que se transmitían las novedades. A esa hora de la noche ya se había perdido el resumen de la mañana, tal vez, porque aquel día no traía nada nuevo.

Y las marchas que no se iban, no, sino que comenzaban una caminata desafiante por el centro de Paris. Algo inquietante por la dimensión de lo que pudiera suceder, no en vano, no es lo mismo ver pasar a unas 150 personas por la vereda de un rio perdido de la Francia profunda que verlos cantando, como si atravesaran las estepas rusas, por el centro de Paris, para ser más concretos, por el boulevard de St Germain. Y este desasosiego no lo vivíamos solo con la mente sino con el cuerpo, con los miradas e incluso con los nervios.

Algunxs comenzaron a transmitir la conocida idea de que los humanos no nos satisfaciamos jamás, se nos da una cosa y siempre queremos algo más. Otrxs afirmaban entre dientes que se dice esto con erróneo desprecio, ya que es una de las mayores virtudes que tiene la especie y la que la distingue de los animales que se dan por satisfechos con lo que tienen. No estaba muy seguro de entender el mensaje y lo anoté para cuando llegara este momento. A fin de cuentas, escribir también sirve para despejar dudas.

No habíamos llegado ni a las nueve de la noche y empezaron a llegar las noticias al Media Center. Que si el número 189, que si son tres furgonetas y un autobús, que si enfrente del Hotel Madison, que si han cortado las calles, que si se necesita enviar a los medios, también movilizar a París, que sí, hay abogados disponibles, que nos llaman para darnos el nombre de las posibles comisarias, que si aún no ha arrancado el autobús con lo retenidos dentro, una desmayada y dos hombros dislocados, que si les han gaseado primero, que si les han golpeado con porras, que alguien vaya rápido al lugar, que nos llaman de Valencia, también de Barcelona y Santander, que escribas más rápido, que, que, que…

Los primeras cifras parecían de otro acontecimiento, nadie que siguiera una caminata pacífica por el centro de una ciudad europea podría imaginar que una hora más tarde del inicio ya hubieran 127 personas repartidas en cuatro comisarias. Comenzaban a sonar familiares los distritos donde estaban siendo llevados los caminantes: el 18, 11, 6 y el 5.
Los datos pasaron a ser anecdóticos cuando se confirmaron tres heridxs, una caminante que había perdido el conocimiento y dos chicos con los hombros dislocados. Apuntado el nombre del hospital se siguió con el recuento de personas retenidas. No cuadraban los números, en las cuentas de unos habían unos 110 mientras que otras calculaban 130 arrestadxs. No sería importante si no se fuera a informar pero no era el caso. Había que fijar una cifra como una estaca a la tienda, segura e inamovible y entonces se decidió por más de cien. Pero ese momento no llegaba, entonces pensamos que también debíamos cambiar el nombre, de retenidos los pasariamos a llamar detenidos, con disposición judicial y toda la cola que le seguía, pero no, había que esperar a que salieran. Y volvimos a hacer un llamamiento, al pueblo parisino y a sus medios para que los fueran a buscar a las comisarias.

En poco tiempo supimos que ya teníamos material necesario para sacar una nota de urgencia. Aquí se produjo una curiosa mezcla de trabajo, hasta entonces inédita entre comunicadorxs de París, Barcelona, Santander y Madrid. La nota salió ipsofacto con la premisa de relatar los hechos de manera clara, concisa y con el mayor número de datos fidedignos. En menos de dos horas supimos que ya había información de lo sucedido en la red. El primero en cubrir la info fue un diario digital no muy conocido, después le siguieron los grandes medios comerciales que como una mecha sin ahogar fueron picando la información.

Por suerte, el goteo de información fue proporcional a la liberación de lxs retenidxs. Al Media Center fueron llegando lxs primerxs liberadxs como por gracia de un efecto boomerang. No eran necesarias las palabras. Es sabido que cuando la vida quiere crear algo realiza escenificaciones perfectas, aquel era ese momento. El lugar y la hora donde los recién liberados querían saber qué se había comentado de ellxs en el mundo. Conforme avanzaba la madrugada se iban vaciando las comisarias. Por fin, ya no habían marchantes entre los barrotes parisinos, los últimos en llegar al Media lo confirmaron. Fue a partir de ahí que decidieron ocupar los ordenadores para seguir investigando las decenas de publicaciones que ya estaban circulando y de paso, formar parte de un cuadro surrealista como el que se podía apreciar en medio de la destensión del ambiente. Era como si todos los liberados, de forma imperceptible, estuviesen transformándose en un reloj de arena cuyos granos fuesen cayendo lenta y silenciosamente.

Con los primeros claros de la mañana se fortaleció la estructura de un campamento en el Media Center, ya no habían tantas manos apretando los teclados sino que más bien había que andar de puntillas para no interrumpir los ronquidos de lxs compañerxs. Por fin descansábamos a pierna suelta. El tránsito de la incertidumbre por saber si se iban las marchas a finalmente verlas roncar junto a nosotrxs me trajo a la cabeza el momento en que mi mano jugueteaba con una moneda, esta perdía la precisión y a nada de cortar el silencio, la moneda cayó sin ruido sobre las vueltas de mi pantalón. Algo así sucedió aquel célebre 19s en París, el día en que las marchas se dieron a conocer al mundo.

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