Crónicas de Siria: El alma de la revolución siria

Sexto y último capítulo de “Crónicas de Siria”, realizadas clandestinamente durante estas Navidades en la sitiada ciudad de Homs, Siria.

Pronto se comprende por qué la joven Nur genera una aureola de respeto a su alrededor. Ella está detrás de las manifestaciones, de sus consignas y pancartas, de la distribución de vídeos y de la organización social en Homs que impide que la ciudad, millón y medio de habitantes cercados y atacados desde hace meses por su Ejército, se derrumbe ante la falta de suministros.

Nur con la cara cubierta por una bandera siria. Homs, Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

La mujer más respetada por la población de Homs pasa completamente desapercibida. De pequeña estatura, su timidez queda evidenciada por una voz que emerge en forma de susurros y confirmada por una sonrisa ruborizada cada vez que alguien se refiere al papel que está jugando en esta revolución. “Es nuestra heroína”, dicen unos y otros, y ella desvía la mirada al suelo con evidente sonrojo. Pero ganarse la admiración, incondicional y general, de los hombres árabes siendo mujer es una suerte reservada para pocas valientes, y sin duda Nur al Homsi lo es.

Los tres teléfonos móviles que le acompañan suenan sin parar con informaciones de la situación en la ciudad, peticiones de ayuda o solicitud de consejo para organizar desde entregas de comida hasta envíos de suministros médicos. “Ella es el alma de esta revolución, si es arrestada será el final para la ciudad de Homs”, confía uno de sus compañeros.

Una manifestación en Homs, Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

A medida que Nur encuentra confianza suficiente para explicar su historia, se comprende por qué genera esa aureola de respeto a su alrededor. Ella está detrás de las manifestaciones, de sus consignas y pancartas, de la distribución de vídeos y de la organización social en Homs que impide que la ciudad, millón y medio de habitantes cercados y atacados desde hace meses por su Ejército, se derrumbe ante la falta de suministros.

“¿Qué por qué nos hemos lanzado esta revolución? Porque en Siria sólo podemos abrir la boca para comer”, explica en tono calmado. “No nos dejan ni respirar por la boca. No hay libertad. Bashar es un criminal como lo fue su padre, y ha llegado el momento de que se vaya”, confía en una oficina de Homs rodeada por otros activistas, donde éstos le ofrecen un trato deferente que revela la importancia de esta licenciada de 31 años que decidió poner fin a su carrera profesional para volcarse en la revolución que marcó la Historia de Siria.

Pintada en el barrio de Baba Amr, Homs. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

“Nuestra inspiración surgió de Túnez”, admite tras sorber pequeño tragos de un vaso de té. Desde su puesto de trabajo, en una organización internacional que prefiere no mencionar por motivos de seguridad, comenzó a expandir la idea de repetir el experimento tunecino entre sus compañeros afines a sus aspiraciones democráticas. “Lo hacía de viva voz, y también empecé a difundir ideas revolucionarias en la universidad. Y mucha gente coincidió conmigo. Hablaba de ello con todo tipo de sirios, incluso con mis amigos alauíes, explicándoles que todos necesitamos libertad. ‘Asad se marchará, pero nosotros nos quedaremos’, les decía”.

Nur confiesa que su militancia en el Baaz, obligatoria para los sirios si quieren ingresar en determinadas universidades o acceder a trabajos gubernamentales, le ayudó a no levantar sospechas. Su aspecto inocente hizo otra gran parte. Sin embargo, ella estuvo detrás de la convocatoria mediante Facebook de las primeras protestas en Damasco, aquellas que el régimen decía que habían sido organizadas por los libaneses anti-sirios de Beirut para desestabilizar a Bashar. El despliegue de seguridad lanzado por el régimen fue tan grande que terminaron en fracaso: los escasos manifestantes que acudieron nunca se concentraron sabiendo que serían detenidos.

“Fue desesperante. Estaba tan angustiada que pensé en prenderme fuego como Bouazizi para repetir su revolución. Pero estalló Daraa, afortunadamente para mi”. Y cambió no solo la vida de Nur, también la de toda Siria.

Una calle de Homs. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

En la ciudad sureña de Daraa, a principios de marzo, un grupo de estudiantes tuvo la ocurrencia de imitar a sus vecinos tunecinos y egipcios pintando en un muro “el pueblo quiere la caída del régimen”, la consigna que había movido ambas revoluciones. Los adolescentes fueron detenidos, sus familias y vecinos se echaron a las calles para pedir que les liberasen. El régimen reaccionó a la osadía de la protesta con violencia, y cuanto más disparaba, más gente alimentaba el siguiente funeral, transformados a su vez en manifestaciones. Los chicos, de entre 10 y 15 años, terminarían siendo liberados tras haber sido torturados, y las siguientes marchas pidieron que los responsables rindieran cuentas. El Ejército entró en Daraa, sitió la mezquita desde donde partían las marchas –en Siria es ilegal la concentración de personas salvo en centros de culto- e inició un asalto sangriento. Las imágenes de los ciudadanos y el balance de bajas se extendió a todo el país, que inició manifestaciones de solidaridad con Daraa exigiendo el final de la impunidad y de la corrupción.

Fue el germen de la revolución, y Nur supo cómo extenderla. “Al principio la gente tenía miedo. Comenzamos un equipo de 10 personas –cuatro hombres y seis mujeres- con el propósito de concienciar a los demás: cada uno extendía la revolución a otras 20 personas, contando con que éstos lo hicieran a su vez. Si alguno era detenido, era muy poco probable que pudiera llegar al resto”. La seguridad en una dictadura como la siria, con una quincena de departamentos de seguridad destinados a silenciar cualquier atisbo de disidencia política, obliga a tomar muchas precauciones. Muchos ciudadanos, cuenta Nur, acudían a ella para entregarle ayuda. “Queremos ayudar en secreto. Envía esto a Daraa”, le decían, entregándole mantas o alimentos. “No era posible, estaba cercada por los militares. Pero decidimos conservar esa ayuda para cuando la necesitásemos en Homs”.

Un proyectil lanzado por el ejército de Assad. Homs. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

Las manifestaciones se extendieron y con ello la represión. Nur al Homsi explica que supo desde muy pronto que la revolución siria costaría muchas más vidas que en Túnez o Egipto. “Sabíamos que habría muchos muertos y muchos heridos, así que desde el principio aprendí, gracias a Internet, cómo protegernos de botes de humo, cómo fabricar máscaras, y sobre todo nos concentramos en asuntos médicos. Profesionales de confianza formaron a muchos activistas en tácticas de primeros auxilios, y los distribuimos por la ciudad para que ningún barrio estuviera desprotegido”. La joven siria calcula que unas 900 personas han sido formadas desde entonces sólo en la ciudad de Homs.

“Al principio el rescate de heridos les ponía en peligro, no sabían cómo evacuarles de forma segura y el miedo a un disparo les hacía actuar de cualquier forma; ahora saben cómo transportarles al hospital sin dañarles”. Según Nur, los improvisados sanitarios saben cómo abrir vías y cómo taponar y coser heridas.

La joven y su equipo se hicieron con kits de emergencia y los distribuyeron por toda la ciudad y la provincia de Homs. “Material sanitario de primeros auxilios y leche infantil, que sabíamos que era lo más necesario en Daraa”. La experiencia de la ciudad sureña les llevó a hacer acopio de medicamentos en farmacias y a contactar con médicos en clínicas privadas para poner sus reservas a disposición de la revolución.

El 8 de abril, la población de Homs salió a las calles. Cada viernes miles de personas salían a las calles para pedir la caída del régimen. Nur y su equipo se encargaban de elaborar consignas y diseñar pancartas, de inventar los lemas que la gente corearía. Cada viernes eran reprimidos con fuego.

Tanques en uno de los controles mlitares que rodean el barrio de Baba Amr de Homs, Siria. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

El 6 de mayo, el Ejército rodeó la ciudad. Fue el principio de un cerco militar que fue aliviado por temporadas, hasta que en Ramadán, incapaces de acabar con las protestas, fue reforzado. Decenas de tanques cerraron los accesos, haciendo prácticamente imposible entrar o salir sin autorización del Ejército. Y centenares de puestos de control militares controlaron las carreteras, disparando contra todo automóvil que tratara de frecuentar las carreteras.

Desde el inicio de la revolución, en Homs y su provincia se han producido 2113 víctimas mortales registradas a 22 de diciembre. “Son cifras de los cadáveres que hemos podido grabar y que hemos identificado, pero muchos son enterrados en jardines, sobre todo en las localidades periféricas, y no sabemos cuántos. Además el Ejército suele recoger cadáveres y heridos, y no sabemos qué ha sido de ellos. El número de desaparecidos es muy alto”, confía Abu Hanin, un activista que suele trabajar con Nur.

Botiquín del hospital clandestino de Baba Amr, Homs.Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

“Nuestras reservas de medicamentos se quedaron cortas, y hubo que buscar soluciones”, continúa la joven. Pidieron a las farmacias que hicieran pedidos a otras farmacias del país de forma oficial, y voluntarios de Aleppo y Damasco también hicieron encargos a compañías farmacéuticas, pidiendo que realizaran la entrega en Homs: una forma de conseguir suministros de forma legal. Además, consiguieron sobornar a soldados en puestos militares que aceptaron mirar a otro lado cuando pasaban los suministros. “A veces les sobornamos con comida, no sabes la situación tan extrema que vive el Ejército de Bashar”, lamenta la joven.

A medida que se reforzaba el cerco, era más difícil acceder a suministros, así que Nur viajó al vecino Líbano para organizar la entrada de productos de forma clandestina. Para entrarlos en la ciudad al principio usaban coches con mujeres en su interior, pero tras el arresto de una de ellas, sorprendida con medicamentos en el maletero y detenida durante dos meses, decidieron cambiar de táctica. Nur admite haber pasado suministros y dinero en efectivo en al menos 20 ocasiones.

Heridos graves en el hospital clandestino del barrio de Baba Amr, tras un bombardeo del ejército de Assad sobre Homs. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

Ella estuvo detrás de la creación del hospital clandestino de campaña de Baba Amr, seguramente el barrio más castigado de Homs. “Conseguimos las camillas mediante intermediarios que las compraban de segunda mano a hospitales públicos a cambio de grandes cantidades de dinero”, prosigue. Se beneficiaron de la corrupción para levantar de la nada una clínica clandestina que sigue siendo el único centro sanitario de Baba Amr, con una población de 28.000 habitantes antes de que la represión llevara a algunos a escapar.

Durante semanas, Nur tomó un lugar en las ambulancias de Homs. Afirma que en varias ocasiones fueron objetivo de los disparos del régimen: en una de ellas la ambulancia fue tiroteada, dice, desde cuatro direcciones distintas. Uno de sus compañeros murió en el acto, dos resultaron heridos.

Una ambulancia dañada en un artaque del ejército de Assad en Homs. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

No fue el momento más peligroso que ha vivido desde el inicio de la revolución. El peor recuerdo fue su propia detención, cuando pasó cinco horas arrestada en una conocida oficina de la Seguridad interna bajo interrogatorio. “Me preguntaban por cinco nombres, los cinco pseudónimos que llevo utilizando desde el inicio de la revolución. Les prometí que no conocía a esas chicas, que no estaba involucrada en ninguna actividad contraria al régimen”. Podría haber pasado meses en prisión, sino fuera porque una red se activó para conseguir el dinero suficiente con el que comprar su libertad. “Es demasiado valiosa para nosotros, no sólo por sus actividades sino especialmente por lo que sabe: conoce los nombres reales de todos los que trabajamos desde el principio en la revolución”, explica un activista. “Un funcionario gubernamental en Damasco aceptó el dinero y ordenó mi liberación. Nunca supe cuánto costó”, añade la joven.

Cola del pan. Homs. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

Entre sus principales actividades se cuentan la distribución de comida a civiles y soldados desertores, el contacto con medios internacionales y recientemente la edición de una revista, Siria Libertad, distribuida en Homs, una de tantos medios ciudadanos que comienzan a aparecer animados por la revolución. Pero desde hace unos meses, se concentra en documentar los crímenes del régimen para organizaciones internacionales de Derechos Humanos, a quienes el régimen impide entrar en Siria.

Manifestación en Baba Amr, Homs. Diciembre 2011 (Mónica G. Prieto /Periodismo Humano)

Lejos de oponerse a su labor en la revolución siria, su familia anima a Nur a continuar su labor. “Mis hermanos también acuden a las manifestaciones, el menor como simple asistente y el mayor, de 22 años, se dedica con sus amigos a buscar vías de salida seguras para permitir a la gente huir de la represión militar”. Para esta joven ya no hay marcha atrás. “Sólo tenemos dos opciones: ganar esta revolución o morir en manos del régimen”.

Fuente: http://periodismohumano.com/en-conflicto/6-el-alma-de-la-revolucion-siria.html

Todas las Crónicas: http://periodismohumano.com/temas/cronicas-de-siria

English edition: http://english.periodismohumano.com/tag/chronicles-from-syria/

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