Grecia: Crisis humanitaria sin precedentes

“Nuestra posición, compartida por millones de griegos, es clara y neta y está recogida en el derecho internacional:el pueblo griego no tiene que pagar una deuda que, además, no es suya.”

Sonia Mitralia

[Intervención ante la Comisión Social de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa de Estrasburgo en torno a “Medidas de austeridad: Un peligro para la democracia y los derechos sociales”.]

Cuando se van a cumplir dos años de la terapia de choque impuesta a Grecia por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional, el balance es catastrófico, indignante e inhumano.

De entrada, hay que señalar que incluso los impulsores de estas políticas reconocen su fracaso. Más aún, reconocen que sus planteamientos fueron erróneos, irrealistas, ineficaces e, incluso, contraproducentes. Tomemos como ejemplo un tema que concierne no a un problema secundario, sino al meollo del problema: el de la deuda pública griega.

Según los responsables del desastre griego, si sus políticas de austeridad draconiana hubieran resultado eficaces al 100%, lo que no deja de ser una ilusión, la deuda pública griega se situaría en el 120% del PIB en el 2020; es decir… ¡al mismo nivel que en 2009, cuando empezaron con este juego macabro!

Así pues, ahora reconocen que han diezmado una sociedad entera… ¡absolutamente para nada!
Y como si lo hecho hasta aquí no fuera suficiente, continúan imponiendo a los griegos y griegas –y en realidad a todo el mundo– las mismas políticas que consideran fracasadas. Es lo que está ocurriendo con el séptimo “Memorándum” de austeridad y destrucción de servicios públicos después que los seis precedentes hayan dado muestra de una ineficacia total. Al igual que en Portugal, España, Irlanda, Italia… y en toda Europa, donde la aplicación de estos planes de austeridad draconianos conducen al mismo resultado: hundimiento de las economías y de la población en una recesión y un marasmo cada vez más grande.


De hecho, expresiones como “austeridad draconiana” resultan totalmente insuficientes para describir lo que está ocurriendo en Grecia. No sólo se trata de que los salarios y las pensiones del sector público hayan sido reducidas entre el 50 y el 70%, y un poco menos en el sector privado. La malnutrición hace estragos entre los niños de la escuela primaria y el hambre empieza a manifestarse en las grandes ciudades del país, cuyos puntos neurálgicos se encuentran ocupados por decenas de miles de personas sin techo, hambrientas y en harapos. Se trata de que el paro alcanza al 20% de la población y al 45% de la juventud (49,5% para las mujeres jóvenes).

Los servicios públicos han sido liquidados o privatizados y esta decisión gubernamental ha traído consigo la reducción del 40% de las camas hospitalarias, que haya que pagar muy mucho dinero para parir y que en los hospitales públicos no haya vendas o medicamentos básicos como la aspirina.
En enero de 2012, el Estado griego aún no ha logrado entregar a los alumnos de las escuelas los libros que debían estar distribuido en setiembre de 2011.

Decenas de miles de ciudadanos inválidos, enfermos o con enfermedades raras se ven condenados a una muerte segura y a corto plazo debido a la supresión de los subsidios a los medicamentos.

Las tentativas de suicidio (logradas o no) crecen a una velocidad impresionante, al igual que la gente seropositiva y toxicómana, abandonadas a su suerte por las autoridades.

Actualmente, debido a la supresión o privatización de los servicios públicos, millones de mujeres griegas han de cargar con tareas que anteriormente estaban cubiertas por dichos servicios. Una situación que se ha convertido en un verdadero calvario para las mujeres: son las primeras en ser despedidas y están obligadas a realizar de forma gratuita tareas que corresponden a los servicios públicos; además, son víctimas del incremento de la opresión patriarcal que sirve como coartada ideológica para hacer volver a las mujeres al hogar familiar.

Podríamos continuar con la descripción de este horror hasta el infinito; pero lo que acabamos de describir es más que suficiente para constatar que nos encontramos ante una situación social que se corresponde perfectamente con la definición de estado de necesidad o de riesgo, reconocido desde hace tiempo por el derecho internacional. Un derecho que permite e incluso obliga expresamente a los Estados a priorizar la satisfacción de las necesidades básicas de la población frente al reembolso de la deuda.

Como indica la Comisión del Derecho Internacional de Naciones Unidas a propósito del estado de necesidad: “No es admisible que un Estado cierre las escuelas, las universidades ni los tribunales, que desmantele los servicios públicos hasta el punto de abandonar la población al caos y a la anarquía, por la simple razón de disponer de fondos para reembolsas a los acreedores extranjeros o nacionales. El Estado, al igual que los individuos, no puede sobrepasar determinados límites.”

Por ello, nuestra posición, compartida por millones de griegos, es clara y neta y está recogida en el derecho internacional: el pueblo griego no tiene que pagar una deuda que, además, no es suya. Por diversas razones.

La primera, que la ONU y las convenciones internacionales firmadas por Grecia y, también, por los países acreedores, dejan claro que el Estado griego debe atender prioritariamente las necesidades de su población (nacionales y extranjeros bajo su jurisdicción) antes que a los acreedores.

La segunda, que esta deuda o, al menos, una parte muy importante de ella parece reunir todos los atributos de una deuda odiosa (en todo caso ilegítima) que el derecho internacional da por sentado que no hay que reembolsar. Esta es una razón de más para que el estado griego facilite, en lugar de impedir, el desarrollo de la Campaña por la Auditoría Ciudadana de esta deuda a fin de identificar su parte ilegítima, de anularla y no pagarla.

Nuestra conclusión es clara: la tragedia griega no es ni fatal ni irresoluble. Existe una solución: el repudio, la anulación y el no pago de la deuda constituyen el primer paso en la buena dirección, hacia la salvación de un pueblo europeo amenazado por una catástrofe humanitaria en tiempos de paz.

Traducción: VIENTO SUR

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