La Primavera Árabe: espejismos y realidades

¿Es razonable que Occidente espere que en sociedades donde la distinción Estado-Iglesia no está cimentada, cambien tanto las cosas en menos de dos años, como para que se valore más la libertad de expresión que el escrúpulo religioso? Jorge Eduardo Navarrete, economista y diplomático, y quien ha sido embajador de México en Venezuela, Alemania, la Organización de las Naciones Unidas, China, Chile, Brasil, Austria y la ex Yugoslavia, ofrece un análisis de la situación política en Túnez, Egipto, Libia y Siria.

No se requiere invocar a Deng Xiaoping –a quien célebre pero quizá falsamente se atribuye el argumento de que es aún demasiado pronto para ofrecer un veredicto histórico sobre la Revolución francesa– para afirmar que el lapso transcurrido desde el inicio de la “primavera árabe”, aún inferior a 24 meses, no brinda espacio para balance definitivo alguno. Entendamos por primavera árabe –a pesar de lo inapropiado de la etiqueta– al conjunto de convulsiones que, a partir de finales de 2010 e inicios de 2011, ha venido alterando la orografía política de Noráfrica y otras subregiones del mundo moro. Limitemos este examen a cuatro naciones del litoral mediterráneo sudoriental para evitar extraviarnos en laberintos todavía menos irresolubles, sin excluir algunas referencias a otras del vecindario. Concentremos el enfoque en los rasgos mayores de la evolución política, sin ignorar por completo desarrollos de interés en la economía y las finanzas. Sopesemos la influencia de actores y factores externos, en ocasiones determinantes. Y, sobre todo, resistamos la tentación de ofrecer juicios con apariencia de definitividad.

Primero, Túnez

A partir de un acto extremo de protesta individual –la inmolación de Muhammad Bouazizi, un joven profesional cercado por el desempleo y la desesperanza– se inició una insurrección popular pluriclasista que, apoyada en los medios electrónicos de comunicación y contacto, echó del poder a un régimen que intentó en vano reprimir, resucitar viejas promesas y proceder a cambios cosméticos, para terminar enfrentado a su inviabilidad histórica, tras un cuarto de siglo de dominio absoluto. El ejército, al negarse a llevar demasiado lejos la represión, fue determinante del primer desenlace: la fuga del déspota. Escribía lo anterior en enero de 2011, (1) y agregaba: Todos los análisis de la insurrección tunecina señalan la corrupción como una de sus mayores causas. Se divulgaron curiosidades picarescas para las que, a primera vista, se antoja difícil encontrar equivalentes en otras latitudes, aunque si se piensa dos veces resulta que no tanto. (2)

Tras la huída de Zine el-Abidine Ben Alí a la Arabia feliz, se instaló un gobierno provisional bajo cuyo mandato el ex dictador fue juzgado y sentenciado in absentia a 35 años de prisión. Además, se organizó y realizó, en octubre de 2011, la elección de una Asamblea Nacional Constituyente, que designó un gobierno provisional. Ante la extrema dispersión de las fuerzas políticas, traducida en más de un centenar de partidos políticos, fue notable que predominasen posiciones moderadas. Compitieron partidos de afiliación religiosa y seculares. El primero de los islámicos –Nahda (Despertar)– obtuvo la jefatura de gobierno y al secular Congrés pour la République (Congreso por la Rerpública) correspondió la presidencia. Los partidos de mejor desempeño fueron los más distantes de las fuerzas políticas que dominaron la escena durante el periodo previo y sus plataformas se centraron en el combate a la corrupción y la creación de empleos: el factor decisivo para la estabilidad. (3) La notable transformación política se produjo en un ambiente de dislocación económica, influida también por los acontecimientos de la vecina Libia, que desembocó en una caída de 2.1 por ciento del producto interno bruto (PIB) en 2011, con leve mejoría en el año en curso y mejor perspectiva para los tres siguientes. Se pensaba que la Constitución debería estar terminada en octubre de 2012, lo que permitiría celebrar, a más tardar a mediados de 2013, elecciones presidenciales y parlamentarias. Ahora no se descartan, dadas las difíciles cuestiones aún pendientes, demoras de hasta un año en este calendario. El rumbo, con todo, es alentador.

Segundo, Egipto

Fue la revolución de la Plaza Tahrir la que en realidad capturó la imaginación mundial y cimentó la noción de una “primavera árabe”. En la superficie, siguió de cerca el modelo tunecino: movilización popular, no violencia, pluralidad, participación juvenil, uso de tecnologías de información y comunicación, ejercicio de la libertad. La reacción oficial fue más dura, con casi un millar de víctimas. Tras 30 años en el poder, Hosni Mubarak se aferró al mismo por 15 días frentea la oleada de manifestaciones. Tuvo tiempo de diseñar una estructura para la transición dominada por la cúpula militar que sostuvo a su régimen y que ha resultado el mayor obstáculo para la expresión y consolidación de la voluntad popular de cambio democrático. A pesar de los obstáculos erigidos por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y por la Corte Constitucional, dominada por intereses ligados al gobierno depuesto, fue imposible no reconocer la victoria de la Hermandad Musulmana, proscrita desde 1954, y de su candidato de transacción, Mohammed Morsi, en la segunda vuelta de la elección presidencial en junio de 2012, en la que derrotó a Ahmed Shaquif, general y último primer ministro de Mubarak. Año y medio después, la “primavera” parecía florecer. Empero, la Corte declaró nula la elección legislativa, ganada también por la Hermandad y fuerzas políticas afines. El presidente Morsi arriesgó un enfrentamiento directo con el Consejo, al forzar el retiro de algunos de los mandos militares más prominentes. Se está ahora en espera de la conclusión y aprobación de una nueva Constitución, seguida de la reposición, parcial o total, de la elección de la legislatura.

Contribuirá a una evolución positiva un desempeño económico no demasiado afectado por la incertidumbre política. El crecimiento se ha mantenido entre 3 y 4 por ciento anual en términos reales y el énfasis de política ha favorecido los aspectos distributivos y la creación de empleos, reconociendo en la desigualdad y falta de oportunidades las causas profundas de la revolución.

Aunque los resultados obtenidos en Egipto por los partidos de filiación islámica fueron impresionantes (cercanos a tres cuartos de la votación en las elecciones parlamentarias de noviembre 2011-febrero 2012), los temores frecuentemente expresados de un desliz hacia el autoritarismo clerical o el fundamentalismo han resultado claramente infundados. En las fechas del triunfo del presidente Morsi, cuando se agitaban esos fantasmas para justificar una decisión favorable a la candidatura secular, un editorial de The Economist favoreció la opción democrática: “Tras el desorden prevaleciente, se oculta una compleja lucha por el poder entre los generales y los islamistas. Occidente debe favorecer a estos últimos” . (4)

Tercero, Libia

Aquí la primavera se descarrila por la suma infeliz de una reacción brutalmente represiva del régimen y una intervención militar externa que podía haberse diseñado y ejecutado mejor y muy costosa para la población civil en cuya protección cifraba su reclamo de legitimidad. Median ocho meses entre el inicio de movilizaciones populares en Bengazi, a mediados de febrero de 2011 –motivadas por la detención de un activista de derechos humanos y vistas como la expresión libia de los levantamientos tunecino y egipcio–, y el sangriento ajusticiamiento del dictador que huía abandonado, hacia finales de octubre. No se ha establecido un balance cierto de víctimas, contando civiles no beligerantes. Es claro que se cifra en decenas de miles y en centenas de miles si se considera a la población desplazada. Los desgraciados acontecimientos que jalonaron la revuelta en Libia podrían quizá entenderse en tres etapas: la primera hasta mediados de marzo, en la que, más que la multiplicación de movilizaciones, se produjeron acciones represivas gubernamentales crecientemente violentas y se perfiló una reacción oficial que no conocía límites y fortalecía un discurso de amenazas indiscriminadas; la segunda, iniciada el 17 de marzo con la resolución 1973 del Consejo de Seguridad (que autoriza la protección de la población civil de Libia y excluye la intervención militar directa en su territorio), se extiende hasta el momento en que Gadafi abandona Trípoli, entre agosto y septiembre, en cuyo curso se desarrolla la operación militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que impone una zona de exclusión aérea, bombardea instalaciones oficiales militares y civiles, con un número indeterminado de víctimas colaterales, y proporciona armamento a las fuerzas rebeldes; la tercera cierra con el triste y solitario final del dictador victimado. Como primer gran episodio de la llamada “responsabilidad de proteger” por parte de la comunidad internacional, la operación resultó –hasta que la construcción misma de una Libia estable y democrática, muy lejana aún por desgracia, demuestre lo contrario– más bien desastrosa.

El debate sobre la intervención en Libia fue profuso y, en buena medida, confuso. Una de las defensoras destacadas de la operación de la alianza Atlántica, Anne-Marie Slaugther, escribió: “Hagamos un experimento mental. Imaginemos que la ONU no autorizó en marzo el uso de la fuerza en Libia; la OTAN no actuó; el coronel Gadafi devastó Bengasi; Estados Unidos se mantuvo al margen; la oposición libia no fue más allá de rebeliones esporádicas, reprimidas con rapidez. Los regímenes en Yemen y en Siria tomaron nota y reprimieron sus propios levantamientos con mayor fuerza. Occidente permitió que la brutalidad y la opresión triunfaran de nuevo en el Oriente Medio”. (5) Ocurre que las consecuencias imaginarias de la ausencia de intervención son las realidades que están ocurriendo, por cierto y con la mayor crudeza, en Siria. Si la noción de responsabilidad de proteger va a constituirse en una práctica, su ejercicio deberá ser estrictamente multilateral y, desde luego, mucho más oportuno, mejor planeado y ejectuado, y concebido y aprobado de manera imparcial y rigurosa.

Cuarto, Siria

En realidad, en medio del horror cotidiano del genocidio en Siria, es dificil examinar lo que ahí ocurre en el contexto de otros escenarios de la “primavera árabe”. Así lo ha señalado David Hearst: “¿Podríamos hablar (en lugar de “primavera”) de un despertar árabe? Pocas palabras pueden hacer justicia a las batallas en las ciudades de Siria, en las que cada día mueren entre 150 y 200 personas, en su mayoría civiles, pero despertar no es una de ellas. Se requiere una etiqueta tan brutal y tan cínica como el intercambio cotidiano de bombardeos aéreos y bombazos suicidas. ¿Un conflicto étnico-sectario?” (6)

Al principio, sin embargo, los acontecimientos guardaron alguna similitud. A mediados de marzo de 2011, como respuesta a la detención de un grupo de adolescentes sorprendidos realizando grafitis antigubernamentales, hubo protestas en Deraa, localidad rural próxima a Damasco, que pronto encendieron en otros lugares y alimentaron otras demandas, en especial la derogación de las medidas de excepción. La respuesta represiva no se hizo esperar. Seis meses después, con las manifestaciones de protesta extendidas a casi todo el territorio, con la represión cada vez más dura y más letal, con los debates internacionales estancados, los esfuerzos para consolidar una oposición política al régimen, dentro y fuera de Siria, parecían promisorios. Un Consejo Nacional Sirio ofrecía la opción de constituirse en una alternativa de gobierno plural, representativa y democrática. Hubo también algunas deserciones significativas del ejército y de la diplomacia. A pesar de ello, no dejaron de manifestarse temores fariseos de un giro al fundamentalismo islámico. La brutalidad de la represión alimentó un círculo vicioso de rebelión violenta y, desde la primavera de 2012, resultó claro que se enfrentaba una guerra civil, sin salida aparente, militar o política.

El primero de los esfuerzos internacionales de mediación, el de la Liga Árabe, se dio por fracasado a comienzos de 2012 al no lograr poner fin a la escalada represiva del régimen, que proclama combatir acciones terroristas fomentadas y financiadas desde el exterior. Destino semejante tuvo el prolongado esfuerzo encabezado por el ex secretario general de la ONU Kofi Annan y hay pocas esperanzas de que el mediador que lo remplazó, el argelino Lajdar Brahimi, alcance mejor destino. Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad no han convenido en una acción que detenga el genocidio.

La hipótesis más socorrida en los análisis sobre Siria, casi 20 meses después de los primeros levantamientos, es que los actores internacionales –entre ellos China, Estados Unidos, Irán, Israel, Reino Unido, Rusia y Turquía– intentan, antes de convenir en una acción colectiva, autorizada quizá por el Consejo de Seguridad, resolver un tema crucial: cómo manejar el desbalance regional que provocará la caída del régimen sirio y su incierto remplazo. A diferencia de otros países, el potencial desestabilizador en el Oriente Medio de una “transición sucia” en el caso de Siria es inmenso. Empero, más y más voces señalan, ante el deterioro, la creciente inevitabilidad de la intervención, a pesar de sus elevadísimos costos.

Otros hechos, algunas hipótesis

Tras el recuento y ante la evidencia de la enorme diversidad de situaciones y el carácter ilusorio de muchos de los denominadores comunes que han querido establecerse alrededor de la “primavera árabe”, concluyamos señalando otros hechos y algunas hipótesis o, si se desea, otras realidades y algunos espejismos.

La cólera musulmana

Al iniciarse el otoño de 2012 un infame documental amateur, ampliamente difundido en las redes sociales, en el que se denigra la figura histórica y religiosa del Profeta provocó grandes y violentas protestas y manifestaciones de descontento en el mundo árabe. Según el análisis de Olga Pellicer (7), fueron particularmente intensas en Egipto, Yemen y Libia, donde perdieron la vida cuatro diplomáticos estadunidenses. Desde el punto de vista de los cambios de régimen asociados a la “primavera árabe”, estas reacciones reanimaron los temores occidentales de un auge del fundamentalismo islámico. Hace años, bajo gobiernos tiránicos, en esos y otros países se había protestado con violencia contra la publicación en Dinamarca de ciertas caricaturas, también derogatorias del Profeta. Ahora, bajo regímenes democráticos (así sea en etapas muy iniciales de construcción) la reacción no había variado. Ergo, se imponía el fundamentalismo. Hace años, bajo gobiernos tiránicos, parecía haberse tolerado el asedio a misiones diplomáticas; ahora, a pesar del cambio, no se les brindaba protección suficiente. Misma conclusión. Todo este lamentable episodio mostró, a mi juicio, que no se ha comprendido la naturaleza y alcance de los cambios políticos asociados a la “primavera árabe”.

¿Es razonable que Occidente espere que en sociedades donde la distinción Estado-Iglesia no está cimentada, cambien tanto las cosas en menos de dos años, como para que se valore más la libertad de expresión que el escrúpulo religioso? Quizá fuese más razonable esperar que en sociedades que se han liberado desde hace tiempo del escrúpulo racial no aparezcan, en una campaña política, lemas que reclaman “devolver lo blanco a la Casa Blanca” . (8)

Monarquías y repúblicas

En otra de las innumerables interpretaciones acerca de la “primavera árabe” se subraya que este particular virus estacional ha infectado sobre todo a gobiernos republicanos, al menos en la forma, y dejado inmunes a monarquías, emiratos, sultanatos y otras supervivencias medievales. Se produjeron, por diversos medios, cambios de gobierno en Túnez, Egipto y Libia, para mencionar sólo los aquí examinados. Se han mantenido incólumes –aunque perturbados por alguna demostración ocasional, algún temor de contagio y cierto malestar– Arabia Saudita, Jordania, Kuwait, Qatar, entre otros regímenes autoritarios del amplio Oriente Medio. No es sencillo explicar por qué. El hecho de que varios de estos últimos sean más funcionales para la visión y misión global que, con sus variantes, han asumido las potencias occidentales podría, quizá, ser parte de la explicación. Otra parte aludiría al mayor campo de intereses comunes que por varios decenios ha existido, fortaleciéndose, entre los monarcas sauditas y, digamos, los coroneles libios.

En enero de 2013 la “primavera árabe” iniciará su tercer año de accidentada vida. Lo que hasta ese momento y, sobre todo, después de ese momento ocurra en el vasto arco del mundo árabe bien puede invalidar todo lo sugerido en estas apresuradas notas.

Jorge Eduardo Navarrete, Ciudad Universitaria, México, octubre de 2012.

Es economista y diplomático, ha sido embajador de México en Venezuela, Alemania, la Organización de las Naciones Unidas, China, Chile, Brasil, Austria y la ex Yugoslavia. Actualmente es investigador y docente en la Universidad Nacional Autónoma de México y colaborador de Opinión de La Jornada.

Notas

1 Véase “De insurrecciones”, La Jornada, México, 20 de enero de 2011.

2 En un artículo aparecido en El País, el 15 de enero de 2011, Francis Ghilès describió algunas de ellas: “La rapacidad de la familia de la segunda mujer de Ben Alí, Leila Trabelsi, ha sido durante años la comidilla de cualquier cena elegante en Túnez.” Su apellido era “la llave mágica que daba acceso a jugosos contratos, a propiedades, a empleos e influencia”. Juéguese a cambiar apellidos y topónimos, es ilustrativo.

3 Un artículo imperdible: Jonathan Steele, “Tunisian clean election leads the way”, The Guardian, Londres, 25 de octubre de 2011.

4 “The Arab spring: Egypt in peril”, The Economist, Londres, 23 de junio de 2012.

5 Citada en la nota “A modest win for liberal internationalism”, The Economist, Londres, 25 de agosto de 2011.

6 Véase David Hearst, “Syria and the battle for regional control”, The Guardian, Londres, 16 de octubre de 2012. Los conflictos étnico-sectarios, según los estudios del Peace Institute citados en el artículo, apuntan a futuros desoladores: se extienden, en promedio, por cuatro o cuatro y medio años; una intervención extranjera los prolonga en alrededor de dos años; si se cierran por victoria militar, las víctimas ascienden a 133 mil en promedio o a sólo 86 mil si concluyen por negociación; son frecuentes las recaídas en la violencia y son raros los casos en que se desemboca en la democracia.

7 Véase Olga Pellicer, “El malestar islámico”, Proceso, México, 1873, 23 de septiembre de 2012.

8 Véase Jodi Kantor, “For President, a Complex Calculus of Race and Politics”, The New York Times, Nueva York, 21 de octubre de 2012.

Fuente: Publicada en el suplemento Aldea Global,el 6 de noviembre, en el diario La Jornada http://indignados.jornada.com.mx/recientes/la-primavera-arabe-espejismos-y-realidades

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